Santísimo Cristo de la Luz

Gregorio Fernández, h. 1630
Capilla Universitaria del Palacio-Colegio de Santa Cruz. Universidad Valladolid
Propiedad del Museo Nacional de Escultura.

Si la Semana Santa de Valladolid no contase con más talla que ésta del “Cristo de la Luz”, ya merecería la pena ponerse a sus pies, como así podría ocurrir si solamente Gregorio Fernández hubiese utilizado la gubia para tallar esta imagen, único por lo dramático, además de por lo sorprendente de su naturalismo. No fue realizado para la salida procesional sino para el espacio privado de devoción, en una de las capillas del antiguo monasterio de San Benito el Real. Juan José Martín González apunta que esta talla se ubicó en la capilla del licenciado Esteban Daza. Allí la pudo situar el prior del monasterio, fray Benito Vaca, entre 1693 y 1697, después de que el patronato que lo encargara se extinguiese. También pudieron contratarlo los propios monjes benedictinos. Confirmaba Rafael Floranes que ya, en su siglo XVIII, se le llamaba como Cristo “de la Luz”. El viajero Isidoro Bosarte, a principios del XIX, antes de la exclaustración y desamortización, le describía con palabras muy elogiosas: “la buena simetría, el decoro, la elegancia del estilo, la nobleza del carácter y la divinidad”. Se trataba, sin duda, de una obra de madurez del maestro escultor. Matías Sangrador, de nuevo en el siglo XIX, ya lo denominaba como “la perla de Gregorio Fernández”.

De aquel espacio salió con motivo de la desamortización. Inicialmente, fue “seleccionado” por el pintor Valentín Carderera en 1836 para constituir, con las mejores obras en pintura y escultura, un Museo Nacional. El proyecto no se culminó y salió hacia el antiguo Museo Provincial de Bellas Artes en 1843, establecido en el Colegio de Santa Cruz. Veinte años después se trasladó a la capilla del Colegio de San Gregorio —todavía no era la sede del Museo de Escultura—. En 1913, volvió a las colecciones artísticas del Colegio de Santa Cruz hasta que fue depositado en la Universidad de Valladolid, en esta capilla universitaria en 1940 y la institución museística se ubicó en el mencionado Colegio de San Gregorio en 1932.

Igualmente, fuera de su monasterio original lo contempló como Sangrador, el conde de la Viñaza en 1889, calificándolo como “bellísimo y sublime”. Resulta extraña la reacción de un investigador tan interesante como fue Juan Agapito y Revilla —artífice de la reconstrucción de los pasos con el arzobispo Gandásegui hace un siglo—: “sólo es maravilloso para el vulgo”. Se corrigió cuando continuó describiéndolo como “magnífico, conmovedor y bello”. El gran protector del patrimonio, en tiempos de la II República, que fue Ricardo Orueta, había escrito por aquellos mismos años veinte que este “Cristo de la Luz” no representaba la “muerte simbólica de Dios” sino más bien “la real y verdadera de un hombre que sufre en su carne al morir, y que, todavía después de muerto, causa una impresión triste con la huella borrosa de su dolor pasado”.

Delgado en extremo, mimado en cada poro de su piel, en prolongada sensación de agonía. Los ojos entornados son realmente impresionantes, atravesado uno de ellos por una espina desde el párpado. El cuerpo desnudo cumple con la elegancia. Todo un reflejo de amor estremecedor en la madera. El propio maestro tuvo que supervisar la policromía como indica Jesús Urrea, asegurándose que ésta acentuase el patetismo de lo tallado. Su presencia en la Universidad de Valladolid, posibilitó que se fundase la Hermandad de Docentes, a partir de unos Ejercicios Espirituales del jesuita Ginés Recio y la iniciativa del rector Cayetano Mergelina. Después se transformó, con su refundación en 1993, en Hermandad Universitaria del Santísimo Cristo de la Luz. Esta magnífica obra se puede contemplar a la entrada del singular edificio que es el Colegio de Santa Cruz, construido sin limitación de dinero por el cardenal Pedro González de Mendoza, en una estética nueva como era la del Renacimiento.

Javier Burrieza Sánchez

Hermandad Universitaria del Santísimo Cristo de la Luz

DESDE EL GREMIO DE LA UNIVERSIDAD ANTE LA PERLA DE FERNÁNDEZ
Sus comienzos fueron unos Ejercicios Espirituales del jesuita Ginés Recio y el empeño del rector Mergelina

El padre Ginés Recio, rector del colegio de San José, contaba con un notable prestigio entre los profesores de la Universidad. Organizó este jesuita unos Ejercicios Espirituales para hombres en la iglesia de Santiago en aquel curso 1940-1941. De aquellos, nació el deseo de establecer una Hermandad de Docentes, de acuerdo con el rector de la Universidad, Cayetano Mergelina. Deseaban venerar la talla del Santísimo Cristo de la Luz, realizado por Gregorio Fernández para la capilla de los Daza del antiguo monasterio de San Benito, desamortizado y propiedad del Estado en su Museo de Escultura, aunque depositado casi siempre fuera de su recinto —en la capilla del Colegio de San Gregorio cuando éste se hallaba en Santa Cruz o en Santa Cruz cuando el Museo se trasladó a San Gregorio—. Siendo una pieza magnífica y de madurez de Fernández, no fue creada para las procesiones de Semana Santa aunque estuvo muy presente en la publicística de los carteles y las guías de promoción. Lo que pretendían sus fundadores es que esta Hermandad estuviese compuesta únicamente por docentes de todos los niveles. Según relata Luis Fernández Martín, los miembros de aquella primera Hermandad se reunían todos los viernes, en un breve acto religioso que organizaba el padre Recio, “con su cálida, insinuante y plástica palabra”, preparación al que habría ser acto central de la misma, al mediodía del Viernes Santo.

Los estatutos fueron aprobados en marzo de 1941, produciéndose su primera salida procesional a las tres de la tarde del Viernes Santo de 1942, dirigiéndose hacia la Catedral. Los cofrades, que no participaban en la General del Santo Entierro, debían vestir con una ropa austera y sencilla, siendo portado la imagen de Cristo en unas andas por unos hermanos ataviados con túnicas rojas. Deteniéndose en la fachada de la Universidad, en la Iglesia mayor escuchaban el sermón y se recorrían las estaciones de Vía Crucis, a lo largo del perímetro del templo. El esplendor se escapó tras el doctor Mergelina y los primeros fundadores, llegando hasta los años sesenta, suspendiéndose la actividad de la misma y permaneciendo el Cristo de la Luz en la capilla universitaria del Palacio de Santa Cruz. Y aunque esta imagen volvió a ser cartel de la Semana Santa en 1986, habrá que esperar a noviembre de 1992, para que en una nota de periódico, se solicitase a los que habían sido cofrades de la Hermandad de Docentes, se empleasen en una reconstrucción de la misma, dirigidos por una Junta Rectora y por un grupo de estudiantes universitarios.

Se encargó el canónigo y profesor universitario, Félix López Zarzuelo, de poner al día el texto de los estatutos, siendo aprobados en 1993 —acaban de ser renovados en 2014—. La nueva denominación sería la de Hermandad Universitaria del Santísimo Cristo de la Luz, eliminándose la condición de docente para poder pertenecer a la misma. Fue elegido alcalde mayor, el doctor Antonio Alarcos Llorach, disponiendo además con el apoyo del también profesor Angel Allué. La primera salida de su nueva etapa será en la mañana del Jueves Santo de 1994, siguiendo la planta antigua que realizaban el Viernes de la Cruz. Aquel primer año no participaron en la procesión General, incorporándose en 1996. Mientras el jueves, los comisarios portan la imagen a hombros, el viernes es conducida en una bellísima carroza. Desde entonces, la Hermandad ha realizado un importante esfuerzo por recuperar tradiciones y por favorecer el diálogo entre la fe y la cultura. En esa línea se decantaron los alcaldes mayores, Luis Pastor, Carlos Alberola y María Ángeles Martín Bravo, todos ellos profesores universitarios. La belleza y la estética procesional también se acercan al misterio de la cruz; como ocurre a través de la música o por los autos de navidad y cuaresma. La Hermandad cuenta con una especial vinculación con el Monasterio de Santa María la Real de Huelgas, en cuyo templo han realizado algunos de sus actos litúrgicos más importantes.

Javier Burrieza Sánchez